Capítulos 1–9
1
El Tao que puede expresarse
no es el Tao constante;
el nombre que puede nombrarse
no es el nombre constante.
Sin nombre, es el principio del cielo y de la tierra;
con nombre, es la madre de los diez mil seres.
Por eso, siempre sin deseo, se contempla su misterio;
siempre con deseo, se contemplan sus límites.
Ambos brotan juntos, pero tienen nombres distintos.
Juntos se llaman el misterio:
misterio dentro del misterio,
puerta de todas las maravillas.
2
Cuando todo el mundo reconoce lo bello como bello,
ya existe lo feo;
cuando todos reconocen lo bueno como bueno,
ya existe lo que no es bueno.
Así, el ser y el no-ser se engendran mutuamente,
lo difícil y lo fácil se completan,
lo largo y lo corto se miden el uno por el otro,
lo alto y lo bajo se apoyan el uno en el otro,
el tono y la voz se armonizan,
el antes y el después se siguen.
Por eso el sabio permanece en la obra de la no-acción
y practica la enseñanza sin palabras.
Los diez mil seres surgen, y él no los rechaza;
les da vida, pero no se adueña de ellos;
actúa, pero no se apoya en ello;
cumple su obra, pero no se detiene en ella.
Y precisamente porque no se detiene en ella,
nunca le abandona.
3
No ensalzar a los capaces,
y el pueblo no disputará;
no apreciar los bienes difíciles de obtener,
y el pueblo no robará;
no exhibir lo deseable,
y el corazón del pueblo no se turbará.
Por eso el sabio gobierna
vaciando sus corazones y llenando sus vientres,
debilitando sus ambiciones y fortaleciendo sus huesos.
Mantiene siempre al pueblo sin astucia y sin deseo,
y hace que los astutos no se atrevan a actuar.
Practica la no-acción,
y nada quedará sin orden.
4
El Tao es vacío, y al usarlo nunca se colma.
Profundo, parece el antepasado de los diez mil seres.
Embota lo afilado,
desata lo enredado,
suaviza el resplandor,
se une al polvo.
Oculto, parece que acaso existe.
No sé de quién es hijo;
parece anterior al Señor del Cielo.
5
El cielo y la tierra no son benevolentes:
tratan a los diez mil seres como perros de paja.
El sabio no es benevolente:
trata al pueblo como a perros de paja.1
El espacio entre el cielo y la tierra,
¿no es como un fuelle?
Vacío, pero nunca se agota;
cuanto más se mueve, más produce.
Muchas palabras pronto se agotan;
mejor es guardar el centro.
6
El espíritu del valle no muere;
se le llama la hembra misteriosa.
La puerta de la hembra misteriosa
se llama la raíz del cielo y de la tierra.
Ininterrumpido, como si siempre existiera,
por más que se use, nunca se agota.
7
El cielo es duradero y la tierra perdura.
El cielo y la tierra pueden durar y perdurar
porque no viven para sí mismos;
por eso pueden vivir largamente.
Así, el sabio se pone detrás, y se encuentra delante;
se pone fuera, y se conserva.
¿No es porque no busca lo suyo
por lo que puede realizar lo suyo?
8
El bien supremo es como el agua.
El agua sabe beneficiar a los diez mil seres y no disputa;
ocupa los lugares que todos desprecian,
y por eso está cerca del Tao.
En la morada, lo bueno es la tierra;
en el corazón, lo bueno es la hondura;
en el dar, lo bueno es la bondad;
en la palabra, lo bueno es la sinceridad;
en el gobierno, lo bueno es el orden;
en los asuntos, lo bueno es la capacidad;
en la acción, lo bueno es la oportunidad.
Precisamente porque no disputa,
no incurre en reproche.
9
Sostener un recipiente y llenarlo hasta el borde
no es tan bueno como detenerse a tiempo.
Una hoja afilada al extremo
no conserva mucho tiempo su filo.
Una sala llena de oro y jade
nadie puede guardarla.
Riqueza y honores con soberbia
traen consigo su propia ruina.
Cumplida la obra, retirarse:
ese es el Tao del cielo.
- Los perros de paja eran figuras empleadas como ofrendas en los sacrificios: honradas durante el rito y desechadas después. ↩