Ni investigador de la naturaleza ni maestro a sueldo
19a–20c
Retomemos, pues, desde el principio cuál es la acusación de la que 19b ha nacido la calumnia contra mí, aquella en la que confiaba Meleto cuando presentó contra mí esta denuncia. Bien. ¿Qué decían, en sus calumnias, los calumniadores? Hay que leer su declaración jurada como si fueran acusadores: «Sócrates es culpable: se afana en investigar las cosas que hay bajo la tierra y en el cielo, hace más fuerte el argumento más débil 19c y enseña eso mismo a otros». Algo así es. Esto mismo lo visteis vosotros en la comedia de Aristófanes:1 un tal Sócrates al que allí hacen dar vueltas, que dice caminar por el aire y suelta otras muchas tonterías sobre cosas de las que yo no entiendo ni mucho ni poco. Y no lo digo por menospreciar tal ciencia, si alguien es sabio en esas cosas —¡no vaya a ser que Meleto me persiga con tantos pleitos!—, sino que, en realidad, atenienses, nada tengo que ver con ellas. 19d Presento como testigos a la mayoría de vosotros, y os pido que os informéis y os digáis unos a otros, cuantos me habéis oído alguna vez conversar —y entre vosotros hay muchos así—: decíos, pues, unos a otros si alguno de vosotros me ha oído alguna vez hablar de tales cosas, mucho o poco. Y por esto conoceréis que también lo demás que la mayoría dice de mí es de la misma clase.
Pero nada de esto es cierto; ni tampoco, si habéis oído decir a alguien que yo intento educar a los hombres y que cobro 19e dinero por ello, es verdad. Aunque también esto me parece hermoso, si uno es capaz de educar a los hombres, como Gorgias de Leontinos, Pródico de Ceos e Hipias de Élide.2
Pues cada uno de ellos, señores, es capaz de ir a cualquier ciudad y persuadir a los jóvenes —que pueden tratar gratuitamente con el conciudadano que quieran— 20a de que abandonen el trato con aquellos y lo tengan con ellos, pagándoles dinero y, encima, quedándoles agradecidos. Hay incluso otro sabio de Paros que, según supe, está de visita en la ciudad. Me encontré por casualidad con un hombre que ha gastado en sofistas más dinero que todos los demás juntos, Calias, hijo de Hipónico.3 Le pregunté, pues —ya que tiene dos hijos—: «Calias —le dije—, si tus dos hijos hubieran nacido potros o becerros, podríamos encontrarles y contratarles un cuidador que 20b los hiciera hermosos y buenos en la excelencia que les es propia, y este sería un entendido en caballos o en agricultura. Pero ahora, puesto que son hombres, ¿a quién piensas tomar como cuidador de ellos? ¿Quién es entendido en esta clase de excelencia, la del hombre y del ciudadano? Pues supongo que lo habrás examinado, ya que tienes hijos. ¿Hay alguno —dije yo— o no?». «Desde luego», dijo él. «¿Quién —dije yo—, de dónde es y cuánto cobra por enseñar?». «Eveno, Sócrates —dijo—, de Paros: cinco minas».4 Y yo tuve por dichoso a Eveno, si verdaderamente 20c posee ese arte y lo enseña a un precio tan moderado. Yo, por lo menos, me envanecería y me jactaría si supiera esas cosas; pero no las sé, atenienses.
- La comedia Las nubes (423 a. C.), en la que Sócrates aparece suspendido en un cesto sobre el escenario, «caminando por el aire y contemplando el sol». ↩
- Célebres sofistas: maestros itinerantes que enseñaban retórica y sabiduría práctica a cambio de altos honorarios. ↩
- Uno de los hombres más ricos de Atenas, famoso como anfitrión y mecenas de los sofistas. ↩
- Una mina valía cien dracmas; una dracma era aproximadamente el jornal de un obrero especializado. ↩