Libro I
1.1–17
1 De mi abuelo Vero: el buen carácter y la ausencia de ira.
2 De la fama y el recuerdo de mi padre: la modestia y la hombría.
3 De mi madre: la piedad y la generosidad, y el abstenerse no solo de hacer el mal, sino incluso de pensarlo; y la sencillez en el modo de vivir, muy alejada de las costumbres de los ricos.
4 De mi bisabuelo: no haber frecuentado las escuelas públicas, sino haber tenido buenos maestros en casa, y haber comprendido que en tales cosas hay que gastar con largueza.
5 De mi preceptor: no haberme hecho partidario de los Verdes ni de los Azules en las carreras, ni de los escudos ligeros ni de los pesados en los juegos;1 soportar las fatigas y necesitar poco; hacer mi propio trabajo y no entrometerme en los asuntos ajenos; y ser reacio a escuchar calumnias.
6 De Diogneto: no afanarme por cosas vanas; no creer lo que cuentan los milagreros y los charlatanes sobre conjuros, expulsión de espíritus y cosas semejantes; no criar codornices de pelea ni apasionarme por tales cosas; soportar la franqueza; familiarizarme con la filosofía y escuchar primero a Baquio, después a Tandasis y a Marciano; escribir diálogos de niño; y desear el catre y la piel, y todo lo demás que pertenece a la disciplina griega.2
7 De Rústico: darme cuenta de que mi carácter necesitaba corrección y cuidado; no dejarme arrastrar por la ambición de los sofistas, ni escribir tratados sobre cuestiones teóricas, ni pronunciar pequeños sermones exhortatorios, ni presentarme de forma llamativa como el hombre austero o el hombre activo para impresionar a la gente;
apartarme de la retórica, de la poesía y del lenguaje refinado; no pasearme por casa con la toga, ni hacer cosas semejantes; escribir las cartas con sencillez, como la que él mismo escribió a mi madre desde Sinuesa;
estar dispuesto a reconciliarme con quienes se han enfadado conmigo o me han ofendido, en cuanto ellos mismos quieran volver; leer con atención y no contentarme con una idea general, ni asentir enseguida a los charlatanes; y haber conocido los Discursos de Epicteto, que me prestó de su propia biblioteca.
8 De Apolonio: la libertad de espíritu y la firmeza sin vacilaciones, sin dejar nada al azar; no mirar a ninguna otra cosa, ni siquiera por un momento, más que a la razón; ser siempre el mismo, en los dolores agudos, en la pérdida de un hijo, en las largas enfermedades; ver con claridad, en un ejemplo vivo, que el mismo hombre puede ser a la vez muy enérgico y sosegado;
no impacientarse al explicar; ver a un hombre que consideraba claramente su experiencia y su habilidad para enseñar la filosofía como el menor de sus méritos; y aprender cómo hay que recibir los que parecen favores de los amigos, sin dejarse humillar por ellos ni dejarlos pasar con indiferencia.
9 De Sexto: la benevolencia; el ejemplo de una casa gobernada paternalmente; la idea de vivir conforme a la naturaleza; la gravedad sin afectación; la atención solícita a los intereses de los amigos; la paciencia con los ignorantes y con los que opinan sin reflexión;
la capacidad de adaptarse a todos, de modo que su trato era más agradable que cualquier adulación, y al mismo tiempo los que estaban con él le profesaban el mayor respeto; un modo claro y metódico de descubrir y ordenar los principios necesarios para la vida;
no mostrar nunca señal de ira ni de ninguna otra pasión, sino ser a la vez el más libre de pasiones y el más afectuoso; elogiar sin estrépito y saber mucho sin ostentación.
10 De Alejandro el gramático: no criticar, ni reprender con reproches a quienes emplean un barbarismo, un solecismo o una expresión malsonante, sino introducir con habilidad la expresión correcta en forma de respuesta, de confirmación o de discusión sobre el asunto mismo y no sobre la palabra, o mediante alguna otra advertencia igualmente delicada.
11 De Frontón: observar cuánta envidia, doblez e hipocresía son propias del tirano, y que, por lo general, los que entre nosotros se llaman patricios carecen en cierto modo de afecto natural.
12 De Alejandro el platónico: no decir a menudo ni sin necesidad a alguien, ni escribir en una carta, «estoy muy ocupado», ni eludir así continuamente los deberes que imponen las relaciones con quienes nos rodean, alegando asuntos urgentes.
13 De Cátulo: no desatender la queja de un amigo, aunque se queje sin razón, sino intentar devolverle a su disposición habitual; hablar con entusiasmo de los propios maestros, como se cuenta de Domicio y de Atenódoto; y amar de verdad a los hijos.
14 De mi hermano Severo:3 el amor a la familia, a la verdad y a la justicia; haber conocido gracias a él a Trásea, Helvidio, Catón, Dión y Bruto;4 y haber concebido la idea de un Estado con una misma ley para todos, gobernado según la igualdad de derechos y la igual libertad de palabra, y de una monarquía que respete por encima de todo la libertad de sus súbditos;
también de él: la constancia y la firmeza en el aprecio a la filosofía; hacer el bien, dar con generosidad, tener esperanza y confiar en el afecto de los amigos; la franqueza con aquellos a quienes reprobaba; y que sus amigos no necesitaran conjeturar qué quería o qué no quería, sino que estaba claro.
15 De Máximo: el dominio de sí y no dejarse arrastrar por nada; el buen ánimo en todas las circunstancias, y también en las enfermedades; un carácter equilibrado, dulce y digno; cumplir sin quejas las tareas presentes;
que todos creyeran que pensaba lo que decía y que, hiciera lo que hiciera, no lo hacía con mala intención; no asombrarse ni sobresaltarse, no apresurarse ni demorarse, no quedar nunca perplejo ni abatido ni con sonrisa forzada, ni tampoco irritado o receloso;
ser benéfico, indulgente y veraz; dar la impresión de un hombre recto más que de uno enderezado; que nadie se creyera jamás menospreciado por él, ni se atreviera a creerse superior a él; y tener gracia en el trato.
16 De mi padre:5 la mansedumbre y la firmeza inquebrantable en las decisiones tomadas tras detenido examen; la indiferencia ante la vanagloria de los que parecen honores; el amor al trabajo y la perseverancia; la disposición a escuchar a quienes podían aportar algo útil a la comunidad; dar a cada uno sin vacilar lo que merecía; saber por experiencia cuándo hacía falta tensar y cuándo aflojar;
poner fin a los amoríos de los jóvenes; la consideración por los demás, y dispensar a sus amigos de comer siempre con él o de acompañarle obligatoriamente en sus viajes, mientras que los que se habían quedado atrás por alguna necesidad lo encontraban siempre igual; la indagación minuciosa y perseverante en los consejos, sin abandonar nunca la investigación satisfecho con las primeras impresiones; conservar a los amigos, sin hastiarse nunca de ellos ni apasionarse en exceso; bastarse a sí mismo en todo, y la serenidad;
prever las cosas desde lejos y disponer de antemano los asuntos más pequeños sin aspavientos; reprimir las aclamaciones y toda adulación dirigida a él; velar siempre por los recursos necesarios para el imperio, administrar con parsimonia los gastos públicos y soportar las críticas por ello; ninguna superstición respecto de los dioses, y respecto de los hombres ningún afán de popularidad, de agradar o de halagar a la multitud, sino sobriedad y firmeza en todo, sin vulgaridad nunca ni afán de novedades;
usar de las cosas que contribuyen a la comodidad de la vida, que la fortuna le ofrecía en abundancia, sin orgullo y sin excusas, de modo que las disfrutaba sin afectación cuando las tenía y no las echaba de menos cuando le faltaban; que nadie habría podido decir de él que era un sofista, un esclavo impertinente o un pedante, sino un hombre maduro, completo, inaccesible a la adulación, capaz de gobernar sus asuntos y los de los demás.
Además: honrar a los que de verdad filosofaban, sin reprochar nada a los otros ni dejarse seducir por ellos; un trato fácil y amable, pero sin exceso; el cuidado moderado de su cuerpo, no como quien se aferra a la vida, ni por coquetería, ni tampoco con descuido, de modo que gracias a su propia atención apenas necesitaba médicos, medicinas o ungüentos;
sobre todo, ceder sin envidia ante quienes poseían alguna capacidad especial —la elocuencia, por ejemplo, o el conocimiento de las leyes, de las costumbres o de otras materias— y ayudarles con empeño para que cada uno obtuviera renombre según sus propias dotes; hacerlo todo según las costumbres de los antepasados, pero sin afanarse por aparentar que las guardaba.
Además: no ser inquieto ni voluble, sino perseverar en los mismos lugares y en las mismas ocupaciones; tras sus accesos de dolor de cabeza, volver enseguida, fresco y vigoroso, a sus tareas habituales; no tener muchos secretos, sino muy pocos y raros, y solo sobre asuntos públicos; ser prudente y mesurado en la organización de los espectáculos, en las obras públicas, en los repartos y cosas semejantes, como hombre que atiende a lo que debe hacerse y no a la fama que se obtiene haciéndolo.
No se bañaba a deshoras, no era aficionado a construir, no era refinado en las comidas, ni en el tejido y el color de sus vestidos, ni en la belleza de sus esclavos. Su ropa venía de su casa de campo de Lorio; casi todo lo demás, de Lanuvio; y está el modo en que trató al recaudador de Túsculo que le pedía disculpas: tal era todo su carácter.
No había en él nada áspero, ni implacable, ni violento, ni nada de lo que pudiera decirse «ha sudado la gota gorda»; sino que todo lo examinaba por separado, como si tuviera tiempo de sobra, sin turbación, con orden, con firmeza, con coherencia. Le convendría lo que se cuenta de Sócrates: que era capaz tanto de abstenerse como de disfrutar de aquellas cosas de las que la mayoría es demasiado débil para abstenerse y demasiado indulgente al disfrutarlas.
Ser fuerte y perseverar y mantenerse sobrio en ambos casos es propio de un hombre de alma perfecta e invencible, como él mostró en la enfermedad de Máximo.
17 De los dioses: tener buenos abuelos, buenos padres, una buena hermana, buenos maestros, buenos allegados, parientes y amigos, casi todos buenos; y no haber llegado a ofender a ninguno de ellos, aunque tenía una disposición que, llegada la ocasión, podría haberme llevado a hacer algo semejante; es un beneficio de los dioses que no se diera ninguna coincidencia de circunstancias que me pusiera a prueba.
No haberme criado más tiempo con la concubina de mi abuelo; haber conservado la flor de mi juventud y no haberme hecho hombre antes de tiempo, sino haberlo retrasado incluso.
Haber estado sometido a un gobernante y padre que había de despojarme de toda vanidad y hacerme comprender que es posible vivir en palacio sin necesitar guardia personal, vestidos bordados, antorchas, estatuas y semejante pompa, y que se puede vivir muy cerca de la condición de un particular sin ser por ello más mezquino ni más negligente en los deberes que un gobernante ha de cumplir por el bien común.
Haber tenido un hermano6 capaz, por su carácter, de estimularme a cuidar de mí mismo, y que al mismo tiempo me alegraba con su respeto y su afecto; que mis hijos no nacieran torpes ni deformes de cuerpo; no haber progresado más en la retórica, la poesía y las demás ocupaciones en las que quizá me habría quedado absorbido si me hubiera visto avanzar con facilidad.
Haberme adelantado a elevar a mis educadores a la dignidad que parecían desear, sin aplazarlo con la esperanza de que, siendo aún jóvenes, lo haría más tarde; haber conocido a Apolonio, a Rústico y a Máximo.
Haberme representado con claridad y a menudo qué es la vida conforme a la naturaleza, de modo que, en lo que depende de los dioses, de sus dones, de su ayuda y de su inspiración, nada me impide vivir ya conforme a la naturaleza; y si todavía me quedo atrás, es por mi culpa y por no observar las advertencias y casi las enseñanzas de los dioses;
que mi cuerpo haya resistido tanto tiempo en semejante vida; no haber tocado a Benedicta ni a Teódoto, y haber sanado también más tarde, cuando caí en pasiones amorosas; que, enfadándome a menudo con Rústico, no hice nada más de lo que hubiera tenido que arrepentirme; que mi madre, que había de morir joven, viviera sin embargo conmigo sus últimos años.
Que siempre que quise ayudar a alguien en la pobreza o en cualquier otra necesidad, nunca oí decir que no tenía dinero para hacerlo; y que yo mismo no caí en una necesidad semejante como para tener que recibir ayuda de otro; que mi esposa sea como es, tan obediente, tan afectuosa, tan sencilla; haber tenido abundancia de buenos preceptores para mis hijos.
Que se me dieran remedios en sueños, sobre todo contra los esputos de sangre y los vértigos, y lo de Gaeta, como un oráculo;7 que, cuando me apasioné por la filosofía, no cayera en manos de un sofista, ni me sentara a escribir tratados, a analizar silogismos o a ocuparme de los fenómenos celestes. Pues todo esto «requiere la ayuda de los dioses y de la fortuna».
Escrito en el país de los cuados, a orillas del Gran.8
- Los Verdes y los Azules eran las facciones rivales de las carreras de carros; los «escudos ligeros» y los «escudos pesados», clases de gladiadores, cada una con sus seguidores. ↩
- La vida austera de los filósofos, que dormían sobre una tabla cubierta con una piel. ↩
- Probablemente Claudio Severo, filósofo peripatético y amigo de Marco. ↩
- Políticos y filósofos recordados por su resistencia a la tiranía. ↩
- Antonino Pío, emperador de 138 a 161, que adoptó a Marco. ↩
- Lucio Vero, hermano adoptivo de Marco y coemperador. ↩
- El sentido de esta frase en el griego es incierto. ↩
- El Gran (Hron) es un afluente del Danubio en la actual Eslovaquia; Marco combatía allí contra los cuados, un pueblo germánico. ↩