Libro II
2.1–17
1 Dite al amanecer: hoy me encontraré con un entrometido, un ingrato, un insolente, un pérfido, un envidioso, un insociable. Todo esto les sucede por su ignorancia del bien y del mal. Pero yo, que he contemplado la naturaleza del bien, que es bello, y la del mal, que es vergonzoso, y la naturaleza del que yerra, que es pariente mío —no por participar de la misma sangre o del mismo semen, sino de la misma inteligencia y de una parcela de lo divino—, no puedo recibir daño de ninguno de ellos, pues nadie me envolverá en lo vergonzoso; ni puedo irritarme con mi pariente ni odiarlo. Pues hemos nacido para colaborar, como los pies, como las manos, como los párpados, como las hileras de dientes de arriba y de abajo. Obrar unos contra otros es, pues, contrario a la naturaleza; y es obrar en contra el irritarse con alguien y darle la espalda.
2 Sea lo que sea esto que soy, es un poco de carne, un poco de aliento y la parte rectora. Desprecia la carne: sangre, huesecillos y un tejido de nervios, venas y arterias. Mira también qué es el aliento: viento, y no siempre el mismo, sino que a cada momento se expulsa y se vuelve a aspirar. Lo tercero, pues, es la parte rectora. Piénsalo así: eres viejo; no permitas ya que esta sea esclava, que siga moviéndose como una marioneta por impulsos insociables, que siga quejándose de lo que le ha tocado en el presente o recelando del futuro.
3 Las obras de los dioses están llenas de providencia. Las de la fortuna no son ajenas a la naturaleza ni al entrelazamiento y la trama de lo que gobierna la providencia. Todo fluye de allí; y a ello se añade la necesidad y lo que conviene al universo entero, del que eres parte. Para toda parte de la naturaleza es bueno lo que la naturaleza del todo produce y lo que la conserva; y conservan el universo tanto los cambios de los elementos como los de los compuestos. Que esto te baste, que sean estos tus principios. Arroja la sed de libros, para no morir murmurando, sino sereno de verdad y agradecido de corazón a los dioses.
4 Recuerda desde cuándo vienes aplazando esto y cuántas veces, habiendo recibido plazos de los dioses, no los has aprovechado. Es preciso que ya por fin comprendas de qué universo eres parte y de qué gobernante del universo eres emanación, y que tienes un límite de tiempo prefijado que, si no lo empleas para despejar tu mente, se irá, y la ocasión no volverá.
5 A cada hora, aplícate con firmeza, como romano y como hombre, a hacer lo que tienes entre manos con exacta y sencilla dignidad, con afecto, libertad y justicia, y a procurarte descanso de todas las demás representaciones. Te lo procurarás si realizas cada acción como si fuera la última de tu vida, libre de toda irreflexión, de toda aversión apasionada a lo que manda la razón, de toda hipocresía, del amor propio y del descontento con lo que te ha tocado en suerte. Ves qué pocas cosas hay que dominar para vivir una vida que fluya bien y sea semejante a la de los dioses; pues los dioses no pedirán nada más a quien guarde estas cosas.
6 Ultrájate, ultrájate, alma mía; pero ya no tendrás tiempo de honrarte. Pues cada uno tiene una sola vida, y la tuya está casi acabada, mientras tú no te respetas a ti misma, sino que pones tu felicidad en las almas de los demás.
7 ¿Te distraen las cosas que te caen de fuera? Date tiempo para aprender algo bueno y deja de dar vueltas. Pero guárdate también de la otra clase de extravío: pues también desvarían con sus obras los que se han cansado en la vida y no tienen un objetivo al que dirigir todo impulso y, en una palabra, todo pensamiento.
8 No es fácil ver a nadie desdichado por no fijarse en lo que pasa en el alma de otro; pero los que no siguen los movimientos de su propia alma son por fuerza desdichados.
9 Hay que recordar siempre esto: cuál es la naturaleza del todo y cuál la mía, y cómo se relaciona esta con aquella, y qué clase de parte es de qué clase de todo; y que nadie te impide hacer y decir siempre lo que es conforme a la naturaleza de la que eres parte.
10 Teofrasto,1 al comparar las faltas —como podría compararlas uno de manera general—, dice como verdadero filósofo que son más graves las faltas cometidas por deseo que las cometidas por ira. Pues el que se encoleriza parece apartarse de la razón con cierto dolor y una contracción inadvertida; mientras que el que peca por deseo, vencido por el placer, parece en cierto modo más desenfrenado y más débil en sus faltas. Con razón, pues, y de manera digna de la filosofía, dijo que la falta cometida con placer merece mayor reproche que la cometida con dolor. En suma, el uno se parece más a quien ha sido ofendido primero y empujado a la ira por el dolor; el otro se ha lanzado por sí mismo a obrar mal, arrastrado a hacer algo por el deseo.
11 Haz, di y piensa cada cosa como quien puede salir ya de la vida. Irse de entre los hombres, si existen dioses, no es nada terrible, pues ellos no te envolverían en ningún mal; y si no existen, o no se preocupan de los asuntos humanos, ¿qué me importa vivir en un universo vacío de dioses o vacío de providencia?
Pero existen, y se preocupan de los asuntos humanos, y han puesto enteramente en manos del hombre el no caer en los verdaderos males; y si entre lo demás hubiera algún mal, también lo habrían previsto, para que estuviera en manos de todos no caer en él. Pero lo que no hace peor al hombre, ¿cómo podría hacer peor la vida del hombre?
La naturaleza del todo no habría pasado por alto estas cosas, ni por ignorancia ni porque, conociéndolas, no pudiera prevenirlas o corregirlas; ni habría cometido un error tan grande, por impotencia o por torpeza, como para que los bienes y los males sobrevinieran indistintamente a los hombres buenos y a los malos.
La muerte y la vida, la gloria y la oscuridad, el dolor y el placer, la riqueza y la pobreza: todo esto sobreviene por igual a los hombres buenos y a los malos, sin ser ni bello ni vergonzoso. Por tanto, no son ni bienes ni males.
12 ¡Qué rápidamente desaparece todo: en el universo, los cuerpos mismos; en la eternidad, su recuerdo! Qué son todas las cosas sensibles, y sobre todo las que nos seducen con el placer, nos asustan con el dolor o son pregonadas por la vanidad: qué viles, despreciables, sucias, perecederas y muertas; esto es lo que puede observar la facultad intelectiva. Quiénes son esos cuyas opiniones y voces dan la fama. Qué es morir: y que, si uno lo mira en sí mismo y, analizando su concepto, separa las fantasías que lo rodean, ya no pensará que es otra cosa que una obra de la naturaleza; y si alguien teme una obra de la naturaleza, es un niño. Y, sin embargo, la muerte no es solo una obra de la naturaleza, sino también útil para ella. Cómo toca el hombre a la divinidad, y con qué parte de sí mismo, y en qué disposición se encuentra entonces esa parte del hombre.
13 Nada hay más miserable que el que da vueltas a todo, «escudriñando lo que hay bajo la tierra», como dice el poeta,2 y trata de adivinar lo que hay en las almas de sus vecinos, sin darse cuenta de que basta con estar junto a la divinidad que llevamos dentro y servirla sinceramente. Y su servicio consiste en mantenerla pura de pasión, de irreflexión y de descontento con lo que viene de los dioses y de los hombres. Pues lo que viene de los dioses es venerable por su excelencia; lo que viene de los hombres, querido por nuestro parentesco, y a veces, en cierto modo, digno de compasión por su ignorancia del bien y del mal, ceguera no menor que la que nos priva de distinguir lo blanco de lo negro.
14 Aunque fueras a vivir tres mil años, o diez veces más, recuerda, sin embargo, que nadie pierde otra vida que la que vive, ni vive otra que la que pierde. Lo más largo y lo más breve vienen a ser lo mismo. Pues el presente es igual para todos, y lo que se pierde es, por tanto, igual, y lo que se pierde se revela así como un instante. Nadie puede perder ni el pasado ni el futuro: lo que uno no tiene, ¿cómo podría alguien quitárselo?
Hay que recordar, pues, estas dos cosas: una, que todo desde la eternidad es de la misma especie y se repite en ciclos, y que no hay diferencia entre ver lo mismo durante cien años, o doscientos, o durante un tiempo infinito; otra, que el que vive más tiempo y el que va a morir más pronto pierden lo mismo. Pues solo del presente puede uno ser privado, ya que es lo único que tiene, y nadie pierde lo que no tiene.
15 «Todo es opinión». Es claro lo que se le dijo a Mónimo el cínico;3 y es clara también la utilidad de la sentencia, si se toma lo que tiene de sustancioso en la medida en que es verdad.
16 El alma del hombre se ultraja a sí misma sobre todo cuando se convierte, en cuanto de ella depende, en un absceso y como un tumor del universo; pues irritarse por algo de lo que sucede es separarse de la naturaleza, en la que están contenidas las naturalezas de todas las demás cosas. Después, cuando siente aversión por algún hombre, o incluso se lanza contra él con intención de dañarlo, como las almas de los coléricos. En tercer lugar, se ultraja cuando es vencida por el placer o por el dolor. En cuarto lugar, cuando finge y hace o dice algo con falsedad y mentira. En quinto lugar, cuando no dirige a ningún fin una acción o un impulso suyo, sino que obra al azar y sin reflexión, siendo así que incluso lo más pequeño debe hacerse con referencia al fin; y el fin de los seres racionales es seguir la razón y la ley de la ciudad y la constitución más venerable.
17 De la vida humana, el tiempo es un punto; la sustancia, fluyente; la sensación, oscura; la composición de todo el cuerpo, corruptible; el alma, un torbellino; la fortuna, difícil de conjeturar; la fama, incierta. En una palabra: todo lo del cuerpo es un río; todo lo del alma, sueño y vapor; la vida, una guerra y una estancia en tierra extraña; la fama póstuma, olvido.
¿Qué es, pues, lo que puede guiarnos? Una sola cosa: la filosofía. Y esta consiste en conservar la divinidad interior libre de ultrajes y de daño, superior a los placeres y a los dolores, sin hacer nada al azar, ni con falsedad ni con fingimiento, sin necesidad de que otro haga o deje de hacer algo; además, aceptando lo que sucede y lo que le toca en suerte como procedente de allí de donde ella misma vino; y, sobre todo, aguardando la muerte con ánimo sereno, como no otra cosa que la disolución de los elementos de que se compone todo ser vivo. Y si para los elementos mismos no es nada terrible que cada uno se transforme continuamente en otro, ¿por qué habría de mirar alguien con recelo la transformación y la disolución de todos? Es conforme a la naturaleza, y nada es malo si es conforme a la naturaleza.
Escrito en Carnunto.4
- Teofrasto (c. 371-287 a. C.), sucesor de Aristóteles al frente del Liceo. ↩
- Verso de Píndaro citado por Platón en el Teeteto. ↩
- Mónimo, filósofo cínico del siglo IV a. C., enseñaba que «todo es opinión». ↩
- Fortaleza legionaria romana a orillas del Danubio, cerca de la actual Viena, cuartel general de Marco en las guerras contra los marcomanos. ↩