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La súplica de Critón

44b–46a

Critón: Demasiado claro, al parecer. Pero, mi buen Sócrates, todavía ahora hazme caso y sálvate. Porque, si mueres, para mí no será una sola desgracia: aparte de quedarme sin un amigo como no encontraré nunca otro, muchos que no nos conocen bien ni a ti ni a mí creerán 44c que, pudiendo salvarte si hubiera querido gastar dinero, no me preocupé. ¿Y qué fama podría haber más vergonzosa que la de parecer que se estima más el dinero que a los amigos? Porque la mayoría no creerá que fuiste tú mismo quien no quiso salir de aquí, aunque nosotros lo deseábamos con empeño.

Sócrates: Pero, querido Critón, ¿por qué nos ha de importar tanto la opinión de la mayoría? Las personas más razonables, de las que vale más la pena preocuparse, creerán que las cosas se hicieron tal como se hayan hecho.

Critón: 44d Pero ya ves, Sócrates, que es necesario preocuparse también de la opinión de la mayoría. La situación presente muestra a las claras que la mayoría es capaz de causar no los males más pequeños, sino casi los mayores, cuando alguien ha sido calumniado ante ella.

Sócrates: ¡Ojalá, Critón, la mayoría fuera capaz de causar los mayores males, para que fuera capaz también de los mayores bienes! Sería algo hermoso. Pero en realidad no es capaz ni de lo uno ni de lo otro: no puede hacer a un hombre sensato ni insensato; hace lo que el azar le depara.

Critón: 44e Sea así. Pero dime una cosa, Sócrates. ¿No te preocupa, por mí y por tus demás amigos, que, si sales de aquí, los delatores1 nos causen problemas por haberte sacado a escondidas, y nos veamos obligados a perder toda nuestra hacienda o mucho dinero, o a sufrir además alguna otra cosa? Si 45a temes algo así, déjalo estar: es justo que nosotros, por salvarte, corramos este riesgo, y otro mayor si es preciso. Vamos, hazme caso y no digas que no.

Sócrates: Eso me preocupa, Critón, y muchas otras cosas.

Critón: Pues no lo temas. No es grande la suma que piden algunos por salvarte y sacarte de aquí. Y además, ¿no ves qué baratos son esos delatores, y que no haría falta mucho dinero para ellos? 45b Mis bienes están a tu disposición, y creo que son suficientes. Y si por consideración hacia mí crees que no debes gastar lo mío, aquí hay forasteros dispuestos a gastar lo suyo. Uno de ellos, Simmias de Tebas, ha traído dinero suficiente precisamente para esto; también Cebes está dispuesto, y muchísimos otros.2 Así que, como digo, no renuncies a salvarte por estos temores, y que no te inquiete lo que dijiste en el tribunal, que si te ibas al destierro no sabrías qué hacer contigo mismo.3 Porque en muchos lugares, 45c adondequiera que vayas, te acogerán con afecto; y si quieres ir a Tesalia, tengo allí huéspedes que te tendrán en gran estima y te darán seguridad, de modo que nadie en Tesalia te moleste.

Además, Sócrates, ni siquiera me parece justo lo que intentas: entregarte a ti mismo cuando puedes salvarte. Te apresuras a atraer sobre ti lo mismo que se apresurarían a atraer tus enemigos —y se apresuraron—, deseando tu perdición. Además, me parece que traicionas a tus propios hijos: 45d pudiendo criarlos y educarlos, te irás y los abandonarás, y, en lo que de ti depende, correrán la suerte que les toque; y les tocará, como es de esperar, lo que suele tocar a los huérfanos en la orfandad. O no se deben tener hijos, o hay que compartir con ellos la fatiga de criarlos y educarlos. Tú me pareces escoger lo más cómodo. Pero hay que escoger lo que escogería un hombre bueno y valiente, sobre todo quien afirma haberse ocupado de la virtud durante toda su vida. Yo, por mi parte, me avergüenzo, 45e por ti y por nosotros, tus amigos, de que parezca que todo este asunto tuyo se ha llevado a cabo por cierta cobardía nuestra: la presentación de la causa ante el tribunal, cuando se podía evitar; el desarrollo mismo del juicio, tal como fue; y ahora este final, como colmo del ridículo de todo el asunto, que parezca que la ocasión se nos escapó por nuestra maldad y cobardía, 46a ya que no te salvamos nosotros, ni te salvaste tú mismo, cuando era posible y factible si sirviéramos para algo, por poco que fuera.

Mira, pues, Sócrates, que esto no sea, además de un mal, una vergüenza para ti y para nosotros. Vamos, decídete; o mejor dicho, ya no es hora de decidirse, sino de estar decidido. Y el plan es uno solo: todo esto debe hacerse la noche próxima; si seguimos esperando, será imposible, ya no se podrá. Por todos los medios, Sócrates, hazme caso y no digas que no.

  1. Hombres que vivían de entablar acusaciones, o de amenazar con ellas, para sacar provecho. ↩
  2. Dos jóvenes tebanos, fieles seguidores de Sócrates. Son los principales interlocutores del Fedón de Platón, que narra el último día de Sócrates. ↩
  3. En la Apología (37c–e) Sócrates se negó a proponer el destierro como pena, diciendo que, adondequiera que fuese, los jóvenes acudirían a escucharle y volverían a expulsarle. ↩