Lo que depende de nosotros
1–5
1 De las cosas que existen, unas dependen de nosotros y otras no dependen de nosotros. Dependen de nosotros el juicio, el impulso, el deseo, la aversión y, en una palabra, todo lo que es obra nuestra. No dependen de nosotros el cuerpo, los bienes, la reputación, los cargos y, en una palabra, todo lo que no es obra nuestra.
Las cosas que dependen de nosotros son por naturaleza libres, sin impedimento ni traba; las que no dependen de nosotros son débiles, esclavas, sujetas a impedimento, ajenas.
Recuerda, pues, que, si tienes por libres las cosas que por naturaleza son esclavas, y por propias las ajenas, te verás impedido, te afligirás, te turbarás y censurarás a dioses y hombres. Pero, si tienes por tuyo solo lo que es tuyo, y por ajeno, tal como es, lo ajeno, nadie te obligará jamás, nadie te impedirá, no censurarás a nadie, no acusarás a nadie, no harás nada contra tu voluntad, nadie te dañará, no tendrás enemigos; porque no sufrirás ningún daño.
Aspirando, pues, a cosas tan grandes, recuerda que no hay que emprenderlas con un esfuerzo moderado, sino que hay que renunciar a unas por completo y aplazar otras por el momento. Y, si quieres estas y además quieres mandar y enriquecerte, quizá ni siquiera consigas estas últimas, por aspirar también a las primeras; pero, sin duda, no alcanzarás aquellas por las que únicamente se logran la libertad y la felicidad.
Ejercítate, pues, desde el principio en decir a toda representación penosa: «Eres una representación, y no en absoluto lo que pareces». Después examínala y ponla a prueba con las reglas que tienes, y en primer lugar y sobre todo con esta: si se refiere a las cosas que dependen de nosotros o a las que no dependen de nosotros. Y, si se refiere a alguna de las que no dependen de nosotros, ten a mano esta respuesta: «No es nada para mí».
2 Recuerda que el deseo promete conseguir lo que se desea, y la aversión promete no caer en lo que se rehúye; y que el que no consigue lo que desea es desafortunado, y el que cae en lo que rehúye es desdichado. Si, pues, rehúyes solo lo contrario a la naturaleza entre las cosas que dependen de ti, nunca caerás en nada de lo que rehúyes; pero, si rehúyes la enfermedad, la muerte o la pobreza, serás desdichado.
Retira, pues, tu aversión de todas las cosas que no dependen de nosotros y trasládala a lo contrario a la naturaleza entre las que dependen de nosotros. En cuanto al deseo, suprímelo por completo por el momento; porque, si deseas alguna de las cosas que no dependen de nosotros, forzosamente serás desafortunado, y de las que dependen de nosotros, las que estaría bien desear, ninguna está todavía a tu alcance. Sírvete solo del impulso y del rechazo, pero con ligereza, con reserva y sin tensión.
3 Con cada una de las cosas que te deleitan, que te son útiles o que amas, acuérdate de decirte qué clase de cosa es, empezando por las más pequeñas. Si amas una olla, di: «Amo una olla»; así, si se rompe, no te turbarás. Si besas a tu hijo o a tu mujer, di que besas a un ser humano; así, si muere, no te turbarás.
4 Cuando vayas a emprender alguna tarea, recuérdate qué clase de tarea es. Si sales a bañarte, represéntate lo que sucede en el baño: los que salpican, los que empujan, los que insultan, los que roban. Y así emprenderás la tarea con más seguridad si te dices enseguida: «Quiero bañarme y mantener mi elección conforme a la naturaleza». Y lo mismo con cada tarea. Porque así, si algo te impide bañarte, tendrás a mano este pensamiento: «Pero no quería solo esto, sino también mantener mi elección conforme a la naturaleza; y no lo mantendré si me irrito por lo que sucede».
5 Lo que turba a los hombres no son las cosas, sino los juicios sobre las cosas. Así, la muerte no es nada terrible —si lo fuera, también se lo habría parecido a Sócrates—, sino que el juicio de que la muerte es terrible, eso es lo terrible. Cuando, pues, nos veamos impedidos, turbados o afligidos, no culpemos nunca a otro, sino a nosotros mismos, es decir, a nuestros propios juicios. Es propio del hombre sin educación acusar a los demás de sus propias desgracias; del que ha empezado a educarse, acusarse a sí mismo; y del que está ya educado, no acusar ni a otro ni a sí mismo.