La última mañana
59c–61d
Equécrates: Pues bien, ¿cuáles dices que fueron las conversaciones?
Fedón: Intentaré contártelo todo desde el principio. También los días anteriores yo y los demás teníamos la costumbre de visitar a Sócrates. Nos reuníamos al amanecer en el tribunal donde se había celebrado el juicio, porque estaba cerca de la cárcel. Cada día esperábamos, conversando unos con otros, hasta que abrían la cárcel, pues no la abrían temprano; y cuando la abrían, entrábamos a ver a Sócrates y pasábamos con él la mayor parte del día. Aquel día nos reunimos más temprano, porque la víspera, 59e al salir de la cárcel por la tarde, nos enteramos de que la nave había llegado de Delos. Así que nos avisamos unos a otros de venir al lugar acostumbrado lo más temprano posible. Llegamos, y el portero que solía abrirnos salió y nos dijo que esperáramos y no entráramos hasta que él nos lo indicara. «Los Once —dijo—1 están quitándole los grilletes a Sócrates y dando órdenes de que muera hoy».
Al poco rato volvió y nos dijo que entráramos. Al entrar, 60a encontramos a Sócrates recién liberado de los grilletes, y a Jantipa —ya la conoces— sentada a su lado con su hijo pequeño en brazos. Cuando Jantipa nos vio, rompió en lamentos y dijo las cosas que suelen decir las mujeres: «Sócrates, esta es la última vez que te hablarán tus amigos y tú a ellos». Y Sócrates, mirando a Critón, dijo: «Critón, que alguien la lleve a casa».
Y algunos de los de Critón se la llevaron, gritando 60b y golpeándose el pecho. Sócrates, incorporándose en la cama, dobló la pierna y se la frotó con la mano, y mientras se la frotaba dijo: «¡Qué cosa tan extraña parece ser, amigos, eso que los hombres llaman placer! ¡Qué asombrosamente está relacionado con lo que parece su contrario, el dolor! Los dos no quieren presentarse a la vez en el hombre; pero si uno persigue a uno de ellos y lo alcanza, casi siempre se ve obligado a alcanzar también el otro, como si fueran dos seres atados a 60c una sola cabeza. Y me parece —dijo— que si Esopo hubiera reparado en ello, habría compuesto una fábula: que el dios, queriendo reconciliarlos en su guerra, como no podía, les ató las cabezas en un mismo punto, y por eso, a quien le llega uno de ellos, le sigue después también el otro. Así parece que me ha sucedido también a mí: como por el grillete tenía dolor en la pierna, ahora parece que llega, siguiéndolo, el placer».
Cebes tomó entonces la palabra: «Por Zeus, Sócrates, has hecho bien en recordármelo. Acerca de los 60d poemas que has compuesto, poniendo en verso las fábulas de Esopo, y del himno a Apolo, ya me han preguntado algunos, y anteayer también Eveno:2 qué pensabas al componerlos después de venir aquí, cuando antes no habías compuesto nunca nada. Así que, si te importa algo que yo pueda responder a Eveno cuando vuelva a preguntarme —y sé bien que lo hará—, dime qué debo decirle».
«Dile, pues, la verdad, Cebes —respondió—: que no los compuse por querer rivalizar con él ni con sus poemas 60e —pues sabía que no sería fácil—, sino para averiguar qué querían decir ciertos sueños y para cumplir con un deber sagrado, por si acaso era esta la música que tantas veces me ordenaban hacer. Era así: muchas veces me visitaba en mi vida pasada el mismo sueño, presentándose unas veces con una apariencia y otras con otra, pero diciendo siempre lo mismo: “Sócrates —decía—, haz música y dedícate a ella”.3
»Y yo, en el tiempo pasado, entendía que me exhortaba y me animaba 61a a hacer lo que ya hacía: igual que se anima a los corredores, así también el sueño me animaba a hacer lo que hacía, hacer música, ya que la filosofía es la música más alta, y eso era lo que yo hacía. Pero ahora, después del juicio, mientras la fiesta del dios me impedía morir, me pareció que, si acaso el sueño me ordenaba hacer esta música popular, no debía desobedecerle, sino hacerla; pues era más seguro no marcharme antes de haber cumplido con este deber 61b componiendo poemas en obediencia al sueño. Así, primero compuse un himno al dios a quien correspondía la fiesta; y después del dios, pensando que el poeta, si de verdad ha de ser poeta, debe componer mitos y no razonamientos, y que yo no era mitólogo, tomé los mitos que tenía a mano y me sabía, los de Esopo, y puse en verso los primeros con que me encontré. Esto es lo que has de decirle a Eveno, Cebes; y que le vaya bien, y que, si es sensato, me siga lo antes posible. 61c Me voy, según parece, hoy: así lo ordenan los atenienses».
Y Simmias dijo: «¡Qué consejo le das a Eveno, Sócrates! Me he encontrado muchas veces con él, y por lo que he visto, no te hará caso de buen grado en absoluto».
«¿Cómo? —dijo él—. ¿No es filósofo Eveno?».
«A mí me parece que sí», dijo Simmias.
«Entonces estará dispuesto Eveno, y todo el que tome parte dignamente en la filosofía. Sin embargo, quizá no se hará violencia a sí mismo, porque dicen que no es lícito». Y mientras decía esto, bajó 61d las piernas al suelo, y sentado así prosiguió el resto de la conversación.
- Los magistrados encargados de la cárcel y de las ejecuciones. ↩
- Eveno de Paros, sofista y poeta menor que enseñaba a cambio de dinero; se le menciona en la Apología. ↩
- La palabra griega mousiké abarcaba todas las artes de las Musas, sobre todo la poesía. La orden del sueño podía referirse, por tanto, a la filosofía o a la poesía en sentido corriente. ↩