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Por qué no hay que quitarse la vida

61d–63e

Cebes le preguntó entonces: «¿Cómo dices eso, Sócrates, que no es lícito hacerse violencia a sí mismo, y que, sin embargo, el filósofo estaría dispuesto a seguir al que muere?».

«¿Cómo, Cebes? ¿No habéis oído hablar de estas cosas tú y Simmias, cuando estuvisteis con Filolao?».1

«Nada claro, Sócrates».

«Pues también yo hablo de ello de oídas; pero lo que he oído no tengo inconveniente en decirlo. Y quizá 61e es lo más apropiado para quien está a punto de emprender el viaje hacia allá examinar y contar mitos sobre ese viaje, cómo creemos que es. ¿Qué otra cosa podría uno hacer en el tiempo que queda hasta la puesta del sol?».

«¿Por qué razón dicen, entonces, Sócrates, que no es lícito matarse a sí mismo? Ya he oído a Filolao, como tú preguntabas ahora, cuando vivía entre nosotros, y también a algunos otros, que no se debe hacer esto; pero nunca he oído a nadie nada claro sobre ello».

62a «Pues hay que tener ánimo —dijo—, porque quizá llegues a oírlo. Aunque quizá te parezca asombroso que esto sea lo único, entre todas las cosas, que no admite excepción, y que nunca le suceda al hombre, como sucede con lo demás, que en algunos momentos y para algunos sea mejor estar muerto que vivir; y, si para algunos es mejor estar muerto, quizá te parezca asombroso que a esos hombres no les sea lícito hacerse este bien a sí mismos, sino que deban esperar a otro benefactor».

Y Cebes, sonriendo levemente, dijo: «¡Bien lo sabe Zeus!», hablando en su propio dialecto.2

62b «Así planteado —dijo Sócrates—, parecería, en efecto, irrazonable; y, sin embargo, quizá tenga alguna razón. Lo que se dice en las doctrinas secretas sobre esto, que los hombres estamos en una especie de puesto de guardia y que uno no debe liberarse de él ni escaparse,3 me parece algo grande y nada fácil de penetrar. Pero esto al menos, Cebes, me parece bien dicho: que son los dioses quienes se cuidan de nosotros, y que los hombres somos una de las posesiones de los dioses. ¿O no te lo parece?».

«A mí sí», dice Cebes.

62c «Entonces —dijo él—, también tú, si alguna de tus posesiones se matase a sí misma sin que tú hubieras indicado que querías que muriera, ¿no te irritarías con ella y, si tuvieras algún medio de castigarla, la castigarías?».

«Desde luego», dijo.

«Quizá, entonces, en este sentido no sea irrazonable que uno no deba matarse antes de que el dios le envíe alguna necesidad, como la que ahora se me presenta a mí».

«Eso parece razonable —dijo Cebes—. Pero lo que decías hace un momento, que los filósofos estarían fácilmente dispuestos 62d a morir, eso parece absurdo, Sócrates, si es razonable lo que acabamos de decir, que es el dios quien se cuida de nosotros y nosotros somos sus posesiones. Porque no tiene sentido que los más sensatos no se aflijan al abandonar este servicio en el que los vigilan los mejores vigilantes que existen, los dioses. Pues un hombre sensato no puede creer que cuidará mejor de sí mismo al quedar libre. Un hombre insensato quizá pensaría que hay que huir 62e del amo, y no reflexionaría que no se debe huir de un amo bueno, sino quedarse con él lo más posible; y por eso huiría sin pensarlo. Pero quien tiene entendimiento desearía, sin duda, estar siempre junto a quien es mejor que él. Y así, Sócrates, lo verosímil es lo contrario de lo que se decía hace un momento: a los sensatos les corresponde afligirse al morir, y a los insensatos alegrarse».

Al oír esto, Sócrates me pareció complacido por la 63a insistencia de Cebes, y mirándonos dijo: «Cebes siempre anda rastreando argumentos, y no está nada dispuesto a dejarse persuadir enseguida por lo que cualquiera diga».

Y Simmias dijo: «Pues bien, Sócrates, esta vez también a mí me parece que Cebes dice algo. ¿Por qué querrían hombres verdaderamente sabios huir de amos mejores que ellos y separarse de ellos tan a la ligera? Y me parece que Cebes dirige su argumento contra ti, porque llevas con tanta ligereza el abandonarnos a nosotros y a unos buenos gobernantes, según tú mismo reconoces, los dioses».

63b «Tenéis razón —dijo—. Creo que queréis decir que debo defenderme de esto como en un tribunal».

«Exactamente», dijo Simmias.

«Vamos, pues —dijo él—; intentaré defenderme ante vosotros de un modo más convincente que ante los jueces. Porque yo, Simmias y Cebes, si no creyera que voy a llegar, en primer lugar, junto a otros dioses sabios y buenos, y luego junto a hombres ya muertos mejores que los de aquí, obraría injustamente al no afligirme ante la muerte. Pero ahora sabed bien que espero 63c llegar junto a hombres buenos —y esto no lo afirmaría del todo—; pero que llegaré junto a dioses que son amos del todo buenos, sabed bien que, si algo de esta clase afirmaría con firmeza, sería esto. De modo que por eso no me aflijo tanto, sino que tengo la buena esperanza de que hay algo para los muertos y, como se dice desde antiguo, mucho mejor para los buenos que para los malos».

«¿Y entonces, Sócrates? —dijo Simmias—. ¿Piensas irte guardándote para ti este pensamiento, o lo compartirías también con nosotros? 63d Porque a mí me parece que es un bien común también para nosotros, y a la vez será tu defensa, si nos persuades de lo que dices».

«Lo intentaré —dijo—. Pero primero veamos qué es lo que Critón, aquí presente, me parece que quiere decir desde hace rato».

«¿Qué otra cosa, Sócrates —dijo Critón—, sino que el que va a darte el veneno me está diciendo desde hace rato que te advierta que hables lo menos posible? Dice que, al conversar, uno se acalora, y que no hay que añadir nada de eso 63e al veneno; si no, a veces quienes lo hacen se ven obligados a beberlo dos y hasta tres veces».

Y Sócrates dijo: «Déjalo. Que se limite a preparar lo suyo como para dármelo dos veces, y, si hace falta, tres».

«Ya me lo figuraba —dijo Critón—, pero hace rato que me importuna».

«Déjalo», dijo.

  1. Filósofo pitagórico del sur de Italia que vivió un tiempo en Tebas. ↩
  2. Cebes pronuncia la expresión en su forma tebana. ↩
  3. La palabra griega phrourá puede significar tanto prisión como guarnición. La doctrina es probablemente órfica o pitagórica. ↩