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La verdadera virtud y la purificación

67b–69e

«Por consiguiente —dijo Sócrates—, si esto es verdad, amigo mío, hay una gran esperanza de que, al llegar adonde me encamino, allí, si en alguna parte, adquiriré plenamente aquello por lo que tanto nos hemos afanado en la vida pasada. De modo que el 67c viaje que ahora se me ha ordenado lo emprendo con buena esperanza, y lo mismo cualquier otro hombre que considere que tiene preparado el pensamiento, como purificado».

«Desde luego», dijo Simmias.

«¿Y la purificación no resulta ser lo que hace tiempo se dice en nuestro razonamiento: separar al máximo el alma del cuerpo y acostumbrarla a concentrarse y recogerse en sí misma desde todas las partes del cuerpo, y a habitar, en cuanto sea posible, tanto en el presente como en el 67d futuro, sola en sí misma, liberada del cuerpo como de unas cadenas?».

«Desde luego», dijo.

«¿Y no es esto lo que se llama muerte, liberación y separación del alma respecto del cuerpo?».

«Completamente», dijo él.

«Y liberarla, como decimos, es lo que más y siempre desean, y solo ellos, los que filosofan rectamente; y esa es precisamente la ocupación de los filósofos, la liberación y separación del alma respecto del cuerpo. ¿O no?».

«Es evidente».

«Por tanto, como decía al principio, sería ridículo que un hombre 67e que se ha preparado en la vida para vivir lo más cerca posible de estar muerto se irritara luego cuando le llega».

«Ridículo, ¿cómo no?».

«En realidad, pues, Simmias —dijo—, los que filosofan rectamente se ejercitan en morir, y el estar muertos es para ellos, de todos los hombres, lo menos temible. Míralo desde aquí.

»Si están enemistados por completo con el cuerpo y desean tener el alma sola en sí misma, ¿no sería una gran sinrazón que, cuando esto sucede, tuvieran miedo y se irritaran, y no 68a se fueran gustosos allí donde, al llegar, tienen la esperanza de alcanzar aquello de lo que durante toda la vida estaban enamorados —y estaban enamorados de la sabiduría— y de verse libres de la compañía de aquello con lo que estaban enemistados? Muchos, al morir sus amados, sus mujeres o sus hijos, quisieron ir voluntariamente al Hades, guiados por esta esperanza de ver allí a quienes deseaban y estar con ellos. ¿Y quien de verdad está enamorado de la sabiduría, y ha concebido firmemente esta misma esperanza, la de no encontrarla en ninguna otra parte 68b de un modo digno de mención sino en el Hades, se irritará al morir y no irá allí gustoso? Hay que creer que sí irá gustoso, amigo mío, si es de verdad filósofo; pues estará firmemente convencido de que en ninguna otra parte encontrará la sabiduría en toda su pureza, sino allí. Y si esto es así, como decía hace un momento, ¿no sería una gran sinrazón que un hombre así temiera la muerte?».

«Grande, sin duda, por Zeus», dijo él.

«Por tanto, ¿no es prueba suficiente para ti —dijo—, cuando veas a un hombre irritado porque va a morir, de que 68c no era amante de la sabiduría, sino amante del cuerpo? Y ese mismo es también, sin duda, amante de las riquezas y amante de los honores, o de una de estas cosas o de ambas».

«Es exactamente como dices», dijo.

«¿Y entonces, Simmias —dijo—, lo que se llama valentía no corresponde sobre todo a quienes están en esta disposición?».

«Sin ninguna duda», dijo.

«¿Y también la moderación, lo que incluso la mayoría llama moderación, no dejarse arrebatar por los deseos, sino mostrarse indiferente ante ellos y comedido, no corresponde solo a esos que desprecian al máximo el cuerpo y viven en la filosofía?».

«Necesariamente», dijo.

«Porque, si quieres considerar la valentía y la moderación de los demás —dijo él—, te parecerán absurdas».

«¿Cómo es eso, Sócrates?».

«¿Sabes —dijo— que todos los demás consideran la muerte uno de los grandes males?».

«Y mucho», dijo.

«¿Y no soportan la muerte los valientes de entre ellos, cuando la soportan, por miedo a males mayores?».

«Así es».

«Así pues, todos, excepto los filósofos, son valientes por temer y por miedo; y, sin embargo, es absurdo ser valiente por miedo y por cobardía».

68e «Desde luego».

«¿Y qué hay de los comedidos de entre ellos? ¿No les sucede lo mismo, que son moderados por una especie de intemperancia? Decimos que eso es imposible, pero, con todo, les sucede algo semejante con esa ingenua moderación: por miedo a verse privados de otros placeres, y deseándolos, se abstienen de unos porque están dominados por otros.

»Y, sin embargo, llaman intemperancia 69a al ser gobernado por los placeres; pero les sucede que, dominados por placeres, dominan otros placeres. Y esto se parece a lo que se decía hace un momento, que en cierto modo se han hecho moderados por intemperancia».

«Así parece».

«Bienaventurado Simmias, me temo que no sea este el cambio correcto con vistas a la virtud: cambiar placeres por placeres, penas por penas y miedo por miedo, mayores por menores, como monedas. La única moneda legítima, por la que hay que cambiar todas esas cosas, es la sabiduría; 69b y con ella existen de verdad la valentía, la moderación, la justicia y, en una palabra, la verdadera virtud, con la sabiduría, ya se añadan o se quiten placeres, miedos y todas las demás cosas semejantes. Pero separadas de la sabiduría y cambiadas unas por otras, me temo que tal virtud sea una especie de ilusión, propia en verdad de esclavos, sin nada sano ni verdadero; mientras que lo verdadero es en realidad 69c una purificación de todas esas cosas, y la moderación, la justicia, la valentía y la sabiduría misma son una especie de rito purificador. Y es posible que quienes nos instituyeron los misterios no fueran gente insignificante, sino que en realidad hace tiempo nos dijeran veladamente que quien llega al Hades sin haber sido iniciado ni purificado yacerá en el fango, mientras que el que llega allí purificado e iniciado habitará con los dioses. Porque, como dicen los entendidos en los misterios, “muchos son los portadores del tirso, 69d pero pocos los bacantes”.1 Y estos pocos, en mi opinión, no son otros que los que han filosofado rectamente. Yo mismo, en cuanto me fue posible, no he descuidado nada en mi vida, sino que me he esforzado de todas las maneras por llegar a ser uno de ellos. Si me esforcé rectamente y logramos algo, lo sabremos con claridad cuando lleguemos allí, si el dios quiere, dentro de poco, según me parece. Esta es, pues —dijo—, Simmias y Cebes, mi defensa: que con razón no llevo a mal ni me irrito por dejaros a vosotros y a mis amos de aquí, convencido de que también allí, no menos que aquí, encontraré buenos amos y buenos compañeros. Si os resulto más convincente en mi defensa que a los jueces atenienses, estaría bien».

  1. Dicho de los misterios de Dioniso: muchos llevan en la procesión la vara de cañaheja del dios, pero pocos están de verdad poseídos por él. ↩