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El conocimiento sin el cuerpo

65d–67b

«¿Y qué decir de cosas como estas, Simmias? ¿Decimos que existe algo justo en sí, o no?».

«Lo decimos, sin duda, por Zeus».

«¿Y algo bello y bueno?».

«¿Cómo no?».

«¿Y has visto alguna vez alguna de estas cosas con los ojos?».

«Nunca», dijo él.

«¿O las has captado con algún otro de los sentidos corporales? Me refiero a todas las cosas de esta clase, por ejemplo, la magnitud, la salud, la fuerza, y, en una palabra, la esencia de todas las demás: lo que cada una 65e es en realidad. ¿Se contempla por medio del cuerpo lo más verdadero de ellas, o es más bien así: quien de nosotros se prepare del modo más completo y exacto a pensar cada cosa misma que examina, ese llegará más cerca del conocimiento de cada una?».1

«Desde luego».

«¿Y no lo haría del modo más puro quien se acercase a cada cosa, en lo posible, con el pensamiento solo, sin introducir la vista en su pensar ni 66a arrastrar ningún otro sentido junto con su razonamiento, sino que, sirviéndose del pensamiento puro, solo en sí mismo, intentase dar caza a cada una de las realidades, pura y sola en sí misma? Ese se apartaría cuanto pudiera de los ojos y los oídos y, por así decirlo, de todo el cuerpo, puesto que perturba al alma y no la deja adquirir la verdad y la sabiduría cuando se asocia con ella. ¿No es este, Simmias, si alguno lo es, quien alcanzará la realidad?».

«Dices una verdad extraordinaria, Sócrates», dijo Simmias.

66b «Por tanto —dijo él—, de todo esto se sigue necesariamente que a los filósofos auténticos se les presente una opinión como esta, de modo que se digan unos a otros algo así: “Parece que hay una especie de senda que nos guía, puesto que, mientras tengamos el cuerpo y nuestra alma esté amasada con semejante mal, jamás alcanzaremos suficientemente lo que deseamos; y decimos que eso es la verdad. Porque el cuerpo nos procura innumerables ocupaciones a causa de la necesaria 66c alimentación; y además, si nos atacan algunas enfermedades, nos impiden la caza de la realidad. Nos llena de amores, de deseos, de miedos, de fantasmas de todas clases y de muchas tonterías, de modo que, como se dice, por su causa no nos es posible en verdad pensar nunca nada. Porque guerras, revueltas y batallas no las causa otra cosa sino el cuerpo y sus deseos. Todas las guerras se producen por la adquisición de riquezas, 66d y las riquezas nos vemos obligados a adquirirlas por causa del cuerpo, esclavos de su cuidado; y por todo esto no tenemos tiempo libre para la filosofía. Y lo peor de todo es que, si llegamos a tener algún respiro de él y nos dedicamos a examinar algo, se entromete por todas partes en nuestras investigaciones, provocando alboroto y turbación y aturdiéndonos, de modo que por su causa no podemos contemplar la verdad. En realidad, nos ha quedado demostrado que, si alguna vez hemos de saber algo con pureza, 66e hay que separarse de él y contemplar las cosas en sí mismas con el alma en sí misma. Y entonces, según parece, tendremos lo que deseamos y de lo que decimos ser amantes, la sabiduría: cuando hayamos muerto, como indica el razonamiento, pero no mientras vivimos.

»“Porque, si no es posible conocer nada con pureza en compañía del cuerpo, una de dos: o no es posible adquirir el saber en ninguna parte, o solo cuando hayamos muerto; 67a pues entonces el alma estará sola en sí misma, separada del cuerpo, y antes no. Y mientras vivimos, según parece, estaremos más cerca del saber si, en lo posible, no tenemos trato ni comunidad con el cuerpo, salvo en lo que sea de absoluta necesidad, ni nos contaminamos de su naturaleza, sino que nos mantenemos puros de él hasta que el dios mismo nos libere. Y así, puros y desembarazados de la insensatez del cuerpo, estaremos probablemente con otros semejantes y conoceremos por nosotros 67b mismos todo lo puro, y eso quizá sea la verdad; porque al impuro no le es lícito alcanzar lo puro”. Cosas así, Simmias, creo que es forzoso que se digan unos a otros y que piensen todos los que aman rectamente el saber. ¿O no te lo parece así?».

«Más que ninguna otra cosa, Sócrates».

  1. Aquí habla Sócrates por primera vez en el diálogo de lo que más tarde se llamó las Formas o Ideas: lo justo en sí, lo bello en sí, lo bueno en sí, que se captan con el pensamiento y no con los sentidos. ↩