Sócrates camino de casa de Agatón
174a–175e
Aristodemo contaba que se encontró a Sócrates recién bañado y calzado con sandalias, cosa que él hacía pocas veces, y que le preguntó adónde iba tan bien arreglado.
Y él le dijo: «A cenar a casa de Agatón. Ayer lo eludí en la fiesta de la victoria, por miedo al gentío, pero convine en asistir hoy. Por eso me he acicalado: para ir bello a casa de un bello. Pero tú —dijo—, ¿qué 174b disposición tienes para ir a una cena sin estar invitado?».
«Y yo —contaba Aristodemo— le dije que haría lo que él me mandara».
«Sígueme, entonces —dijo—, para que echemos a perder el proverbio cambiándolo, y resulte que “a los banquetes de los buenos van los buenos sin ser invitados”.1 Porque Homero parece no solo haber echado a perder este proverbio, sino haberlo ultrajado: después de hacer de Agamenón un hombre excepcionalmente bueno 174c en la guerra, y de Menelao un “blando lancero”, cuando Agamenón ofrecía un sacrificio y daba un banquete hizo que Menelao llegara sin ser invitado al festín, el peor al del mejor».
Al oír esto, contaba, dijo: «Quizá, sin embargo, me ocurra también a mí no lo que tú dices, Sócrates, sino lo de Homero: ir, siendo un hombre vulgar, sin ser invitado al festín de un sabio. Mira, pues, qué excusa darás si me llevas; porque yo no reconoceré que he venido sin invitación, 174d sino invitado por ti».
«“Yendo los dos juntos”2 —dijo— “deliberaremos por el camino” lo que vamos a decir. Vamos».
Contaba que, después de conversar más o menos así, se pusieron en marcha. Pero Sócrates, concentrado de algún modo en sí mismo, se iba quedando atrás por el camino, y, cuando Aristodemo lo esperaba, le mandaba seguir adelante. Cuando llegó a la casa 174e de Agatón, encontró la puerta abierta, y allí, contaba, le pasó algo cómico. Enseguida salió a su encuentro un esclavo de los de dentro y lo condujo adonde estaban reclinados los demás, y los encontró a punto de cenar. Nada más verlo, Agatón le dijo: «¡Aristodemo! Llegas en buen momento para cenar con nosotros. Si has venido por otro motivo, déjalo para otra ocasión; ayer te estuve buscando para invitarte y no pude verte. Pero ¿cómo es que no nos traes a Sócrates?».
«Y yo —contaba— me di la vuelta y no vi a Sócrates por ninguna parte detrás de mí. Dije, pues, que yo mismo había venido con Sócrates, invitado por él a cenar aquí».
«Hiciste bien —dijo Agatón—. Pero ¿dónde está él?».
175a «Venía detrás de mí hace un momento; también yo me pregunto dónde puede estar».
«Muchacho —dijo Agatón—, ve a mirar y trae a Sócrates. Y tú, Aristodemo, reclínate junto a Erixímaco».
Contaba que el esclavo le lavó los pies para que se reclinara, y que otro esclavo vino a anunciar: «Ese Sócrates se ha retirado al portal de los vecinos y está allí de pie, y, aunque lo llamo, no quiere entrar».
«¡Qué cosa más extraña dices! —dijo Agatón—. Llámalo y no lo dejes».
175b Pero Aristodemo contaba que él dijo: «De ningún modo; dejadlo. Es una costumbre suya: a veces se aparta y se queda de pie dondequiera que se encuentre. Vendrá enseguida, creo yo. No lo molestéis; dejadlo».
«Pues así hay que hacerlo, si te parece», dijo Agatón. «Pero a los demás, muchachos, servidnos. Siempre servís lo que queréis cuando nadie os vigila, cosa que yo nunca he hecho; así que ahora, haced cuenta de que también yo he sido invitado por vosotros a cenar, y también estos 175c otros, y atendednos, para que os elogiemos».
Después de esto, contaba, se pusieron a cenar, pero Sócrates no entraba. Agatón quería mandar a buscarlo una y otra vez, pero Aristodemo no lo dejaba. Al fin llegó, sin haber tardado tanto como acostumbraba, cuando estaban más o menos a mitad de la cena. Agatón, que estaba reclinado solo en el último lugar, dijo: «Aquí, Sócrates, reclínate a mi lado, para que, tocándote, disfrute yo también 175d de la sabiduría que se te ocurrió en el portal. Porque está claro que la encontraste y la tienes; si no, no te habrías detenido».
Sócrates se sentó y dijo: «Estaría bien, Agatón, que la sabiduría fuera de tal naturaleza que fluyera de lo más lleno a lo más vacío de nosotros al tocarnos unos a otros, como el agua de las copas fluye por un hilo de lana de la más llena a la más vacía. Si así es también la 175e sabiduría, aprecio mucho reclinarme a tu lado; porque creo que me llenaré de tu mucha y hermosa sabiduría. La mía es una cosa pobre y discutible, como un sueño; la tuya, en cambio, es brillante y promete mucho, ya que, siendo tú joven, resplandeció tan vivamente y se hizo patente anteayer ante más de treinta mil griegos como testigos».
«Eres un insolente, Sócrates —dijo Agatón—. Esto de la sabiduría lo dirimiremos un poco más tarde tú y yo, tomando a Dioniso por juez. Ahora, ocúpate primero de la cena».