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Una propuesta: discursos en elogio de Eros

176a–178a

176a Después de esto, contaba Aristodemo, una vez que Sócrates se hubo reclinado y hubo cenado con los demás, hicieron libaciones, cantaron un himno al dios y cumplieron los demás ritos acostumbrados, y se dispusieron a beber. Entonces Pausanias inició la conversación más o menos así: «Bien, señores, ¿de qué modo beberemos más cómodamente? Yo, por mi parte, os digo que en verdad me encuentro muy mal por lo que bebí ayer y necesito un respiro, y creo que también la mayoría de vosotros, porque ayer estabais allí. 176b Mirad, pues, de qué manera podríamos beber más cómodamente».

Aristófanes dijo: «Tienes mucha razón, Pausanias, en que hay que procurarse por todos los medios algún alivio en la bebida; porque yo también soy de los que ayer quedaron empapados».

Al oírlos, Erixímaco, el hijo de Acúmeno, dijo: «Decís muy bien. Y aún quiero oír a uno de vosotros, a ver qué tal está para beber: Agatón».

«De ningún modo —dijo—; tampoco yo estoy fuerte».

176c «Sería una ganga para nosotros, según parece —dijo Erixímaco—, para mí, para Aristodemo, para Fedro y para estos, que vosotros, los más fuertes para beber, renunciéis ahora; porque nosotros somos siempre incapaces. A Sócrates lo dejo aparte, porque es capaz de lo uno y de lo otro, de modo que le dará igual lo que hagamos. Así pues, ya que me parece que ninguno de los presentes está dispuesto a beber mucho vino, quizá resulte menos desagradable si digo la verdad sobre lo que es la embriaguez. Porque creo que esto 176d me ha quedado claro gracias a la medicina: que la embriaguez es perjudicial para los hombres; y ni yo mismo querría de buen grado ir lejos en la bebida ni se lo aconsejaría a otro, sobre todo si todavía tiene resaca del día anterior».

«Pues yo —dijo Fedro de Mirrinunte, tomando la palabra— suelo hacerte caso, sobre todo en lo que dices de medicina; y ahora, si son sensatos, también los demás». 176e Al oír esto, todos convinieron en no hacer de la reunión de aquel día una borrachera, sino en beber solo por placer.

«Ya que se ha decidido —dijo Erixímaco— que cada uno beba lo que quiera y que no haya ninguna obligación, propongo a continuación que despidamos a la flautista que acaba de entrar —que toque para sí misma o, si quiere, para las mujeres de dentro— y que nosotros pasemos el día de hoy conversando entre nosotros con discursos. Y con qué discursos, si queréis, estoy dispuesto a proponéroslo».

177a Todos dijeron que lo querían y le pidieron que hiciera su propuesta. Entonces Erixímaco dijo: «El comienzo de mi discurso es como en la Melanipa de Eurípides: “no es mío el relato”,1 sino de Fedro aquí presente, el que voy a decir. Porque Fedro me dice una y otra vez, indignado: “¿No es terrible, Erixímaco, que a otros dioses los poetas les hayan compuesto himnos y peanes, y que a Eros, siendo un dios tan antiguo y tan grande, ninguno de tantos poetas como 177b ha habido le haya compuesto jamás ni un solo encomio? Y si quieres fijarte en los excelentes sofistas, escriben en prosa elogios de Heracles y de otros, como el excelente Pródico; y eso es menos sorprendente, pero yo me topé una vez con un libro de un sabio en el que la sal recibía un elogio admirable por su utilidad, y podrías ver otras muchas cosas semejantes 177c encomiadas. ¡Que se ponga tanto empeño en tales cosas, y que nadie se haya atrevido hasta el día de hoy a celebrar dignamente a Eros! Tan descuidado ha estado un dios tan grande”. En esto me parece que Fedro tiene razón. Así que deseo, por un lado, aportar mi contribución y complacerle, y, por otro, me parece oportuno en este momento que los presentes honremos al dios. Si, 177d pues, también vosotros estáis de acuerdo, tendríamos en los discursos ocupación suficiente. Me parece, en efecto, que cada uno de nosotros, por turno hacia la derecha, debe pronunciar un discurso en elogio de Eros, el más hermoso que pueda, y que empiece Fedro el primero, puesto que está reclinado en el primer lugar y es además el padre del tema».

«Nadie, Erixímaco —dijo Sócrates—, votará en contra de ti. Porque ni yo podría negarme, yo que digo no saber nada más que las cosas del amor, ni tampoco Agatón y 177e Pausanias, ni Aristófanes, cuya ocupación entera gira en torno a Dioniso y Afrodita, ni ningún otro de los que veo aquí. Aunque para nosotros, los que estamos reclinados en los últimos lugares, no es equitativo; pero, si los anteriores hablan de manera suficiente y bella, nos bastará. Así que, con buena fortuna, que empiece Fedro y haga el elogio de Eros».

Todos los demás estuvieron de acuerdo con esto y 178a le instaron a lo mismo que Sócrates. Ahora bien, ni Aristodemo recordaba del todo lo que cada uno dijo, ni yo, a mi vez, todo lo que él contaba; pero os diré el discurso de aquellos que me parecieron más dignos de recuerdo.

  1. Verso de una tragedia perdida de Eurípides; la heroína comienza un relato que aprendió de su madre. ↩