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Pausanias: los dos Eros

180c–182a

180c Tal fue, contaba Aristodemo, el discurso de Fedro. Después de Fedro hubo algunos otros que no recordaba muy bien; los pasó por alto y refirió el discurso de Pausanias. Este dijo:

«No me parece, Fedro, que se nos haya planteado bien el tema, al habérsenos encargado así, sin más, hacer el elogio de Eros. Porque, si Eros fuera uno, estaría bien; pero, en realidad, no es uno, y, no siendo uno, es más correcto declarar primero 180d a cuál hay que elogiar. Yo intentaré, pues, corregir esto: primero, decir qué Eros hay que elogiar, y después elogiarlo de manera digna del dios. Todos sabemos, en efecto, que no hay Afrodita sin Eros. Si Afrodita fuera una, uno sería también Eros; pero, puesto que son dos, necesariamente han de ser dos también los Eros. ¿Y cómo no han de ser dos las diosas? Una es, sin duda, la mayor y sin madre, hija de Urano, a la que llamamos Urania; la otra, la más joven, hija de Zeus y de Dione, 180e a la que llamamos Pandemo.1 Es necesario, pues, que también el Eros que colabora con la una se llame con razón Pandemo, y el otro, Uranio. Ahora bien, hay que elogiar a todos los dioses, pero hay que intentar decir lo que a cada uno de ellos le ha tocado en suerte.

»Porque toda acción es así: realizada en sí misma y por sí misma, no es ni hermosa ni vergonzosa. 181a Como lo que ahora hacemos nosotros, beber, cantar o conversar: nada de esto es hermoso en sí, sino que en la acción, según como se realice, así resulta; realizado de manera hermosa y recta, se hace hermoso; y de manera no recta, vergonzoso. Así también el amar y Eros: no todo Eros es hermoso ni digno de ser elogiado, sino el que nos impulsa a amar de manera hermosa.

»El Eros de Afrodita Pandemo es verdaderamente vulgar 181b y realiza lo que se le presenta; y este es el amor con que aman los hombres viles. Los de esta clase aman, en primer lugar, no menos a las mujeres que a los muchachos; en segundo lugar, aman en ellos más los cuerpos que las almas; y, en tercer lugar, a los más insensatos que pueden, mirando solo a conseguir su propósito, sin preocuparse de si es de manera hermosa o no; por eso les sucede que hacen lo que se les presenta, lo mismo lo bueno que lo contrario. Porque procede de la diosa que es mucho más joven 181c que la otra y que participa en su nacimiento de hembra y de varón. El de Urania, en cambio, procede de una diosa que, en primer lugar, no participa de hembra, sino solo de varón —y este es el amor de los muchachos—, y que, además, es más vieja y no tiene parte en el desenfreno; por eso los inspirados por este Eros se dirigen a lo masculino, amando lo que por naturaleza es más fuerte y tiene más inteligencia. Y cualquiera podría reconocer, incluso en el propio amor de los muchachos, a los que están impulsados puramente 181d por este Eros: porque no aman a niños, sino a los que empiezan ya a tener inteligencia, y esto ocurre cuando les apunta la barba. Los que empiezan a amar a partir de esa edad están dispuestos, creo yo, a estar juntos toda la vida y a vivir en común, y no a engañar al joven, tomándolo cuando es insensato, para después reírse de él y marcharse corriendo a otro. Debería existir incluso una ley que prohibiera amar 181e a los niños, para que no se gastara un gran esfuerzo en algo incierto; porque el fin de los niños es incierto: no se sabe adónde llegarán en vicio o virtud de alma y de cuerpo. Los buenos se imponen a sí mismos esta ley voluntariamente; pero habría que obligar también a estos amantes vulgares a algo semejante, igual que les obligamos, en la medida 182a de lo posible, a no amar a las mujeres libres.

»Porque estos son los que han traído el oprobio, hasta el punto de que algunos se atreven a decir que es vergonzoso complacer a los amantes; y lo dicen mirando a estos, viendo su inoportunidad y su injusticia, ya que, sin duda, ninguna acción realizada con decoro y conforme a la ley podría merecer con justicia reproche alguno.

  1. Afrodita Urania («celeste») y Afrodita Pandemo («de todo el pueblo») eran dos cultos de la diosa en Atenas; Pausanias hace de ellos dos clases de amor. ↩