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El discurso de Fedro

178a–180b

Así pues, en primer lugar, como digo, contaba Aristodemo que Fedro comenzó a hablar más o menos desde este punto: que Eros era un gran dios y admirable entre los hombres y los dioses, por muchas otras razones y, no menos, por su nacimiento.

«Porque estar entre los dioses más antiguos es un honor —dijo—, 178b y he aquí la prueba: Eros no tiene padres, ni nadie, ni prosista ni poeta, dice que los tenga. Hesíodo afirma que primero nació el Caos, “y después la Tierra de amplio pecho, asiento siempre seguro de todo, y Eros”.1 Y con Hesíodo coincide Acusilao en que, después del Caos, nacieron estos dos, la Tierra y Eros. Y Parménides dice de la que dio origen a todo: “Antes que a todos los dioses concibió a Eros”. 178c Así, desde muchos lados se reconoce que Eros está entre los más antiguos. Y, siendo el más antiguo, es para nosotros causa de los mayores bienes. Porque yo no sabría decir qué bien mayor hay para un joven, desde su primera juventud, que un amante virtuoso, y para un amante que un amado virtuoso. Porque lo que debe guiar toda la vida a los hombres que se proponen vivir bien, eso no son capaces de infundirlo tan bien ni el parentesco, ni los honores, ni la riqueza, ni ninguna otra cosa 178d como el amor. ¿Y qué es lo que digo? La vergüenza ante lo vergonzoso y la emulación por lo hermoso; porque sin esto ni una ciudad ni un particular pueden realizar obras grandes y hermosas. Afirmo, pues, que un hombre enamorado, si se descubriera que hace algo vergonzoso o que lo sufre de alguien sin defenderse por cobardía, no sentiría tanto dolor al ser visto por su padre, ni por sus compañeros, ni por ningún otro, 178e como por su amado. Y esto mismo vemos también en el amado: que se avergüenza sobre todo ante sus amantes cuando se le ve en alguna situación vergonzosa. Si, pues, hubiera algún medio de formar una ciudad o un ejército de amantes y amados, no podrían administrar mejor su propia ciudad que absteniéndose de todo lo vergonzoso y rivalizando entre sí en honor; 179a y, luchando unos junto a otros, tales hombres, aun siendo pocos, vencerían, por así decirlo, a todos los hombres.

»Porque un hombre enamorado preferiría sin duda ser visto por cualquier otro antes que por su amado abandonando su puesto o arrojando las armas, y antes que eso elegiría morir muchas veces. Y en cuanto a abandonar al amado o no socorrerlo en el peligro, nadie es tan cobarde que el propio Eros no lo infunda de valor divino, de modo que se iguale al más valiente por naturaleza; 179b y lo que dijo Homero, que el dios “inspiró ardor” a algunos de los héroes,2 eso es lo que Eros proporciona de sí mismo a los amantes.

»Además, solo los amantes están dispuestos a morir por otro, y no solo los hombres, sino también las mujeres. De esto da suficiente testimonio a los griegos, en favor de este discurso, Alcestis, la hija de Pelias, la única que estuvo dispuesta a morir por su marido, aunque este tenía padre 179c y madre, a quienes ella superó tanto en afecto por su amor, que los mostró como extraños a su hijo y parientes solo de nombre. Y, al realizar esta acción, pareció haber realizado algo tan hermoso no solo a los hombres, sino también a los dioses, que, entre los muchos que han realizado muchas y hermosas acciones, a muy pocos concedieron los dioses el privilegio de hacer subir de nuevo su alma del Hades; pero la de ella la hicieron subir, admirados 179d de su acción. Así honran también los dioses sobre todo el celo y la virtud en el amor. En cambio, a Orfeo, el hijo de Eagro, lo despidieron del Hades sin lograr su propósito, mostrándole un fantasma de la mujer por la que había venido, pero sin entregársela a ella misma, porque les pareció que se mostraba blando, como citaredo que era, y que no se atrevía a morir por amor como Alcestis, sino que se las ingenió para entrar vivo en el Hades. Por eso le impusieron un castigo e hicieron que su muerte se produjera 179e a manos de mujeres. No así a Aquiles, el hijo de Tetis, al que honraron y enviaron a las Islas de los Bienaventurados, porque, sabiendo por su madre que moriría si mataba a Héctor, y que, si no lo hacía, volvería a casa y moriría anciano, se atrevió a elegir socorrer a su amante Patroclo y, 180a vengándolo, no solo morir por él, sino morir tras él, ya muerto. Por eso los dioses, admirados en extremo, lo honraron de modo especial, porque tenía en tanta estima a su amante.

»Esquilo desvaría al decir que Aquiles era el amante de Patroclo; Aquiles era más hermoso no solo que Patroclo, sino que todos los héroes juntos, y aún imberbe, y además mucho más joven, como dice Homero. Pero, en realidad, los dioses honran sobremanera esta virtud en el amor, 180b y, sin embargo, admiran, aprecian y recompensan más cuando el amado ama al amante que cuando el amante ama al amado. Porque el amante es cosa más divina que el amado, pues está poseído por el dios. Por eso honraron a Aquiles más que a Alcestis, enviándolo a las Islas de los Bienaventurados.

»Así pues, yo afirmo que Eros es, de los dioses, el más antiguo, el más venerable y el más poderoso para la adquisición de la virtud y de la felicidad por parte de los hombres, tanto en vida como después de la muerte».

  1. Hesíodo, Teogonía 116–120. ↩
  2. Homero, Ilíada 10.482 y 15.262. ↩