La filosofía como ejercicio de morir
63e–65d
«Pues bien, a vosotros, mis jueces, quiero ya daros razón de por qué me parece natural que un hombre que de verdad ha pasado su vida en la filosofía tenga confianza cuando va a morir, 64a y la buena esperanza de que allí obtendrá los mayores bienes cuando haya acabado su vida. Cómo puede ser esto así, Simmias y Cebes, intentaré explicároslo.
»Porque parece que cuantos se dedican rectamente a la filosofía no se ocupan de ninguna otra cosa, sin que los demás lo adviertan, sino de morir y de estar muertos. Si esto es verdad, sería sin duda absurdo desear durante toda la vida ninguna otra cosa sino esto, y, cuando llega, irritarse por aquello que desde hacía tiempo deseaban y practicaban».
Y Simmias, riéndose, dijo: «Por Zeus, Sócrates, 64b me has hecho reír, aunque hace un momento no tenía ganas de reír. Creo que la mayoría, si oyera eso mismo, pensaría que está muy bien dicho de los filósofos —y nuestras gentes de allá1 estarían muy de acuerdo— que los filósofos están en realidad medio muertos, y que ellos saben muy bien que merecen que les pase eso».
«Y dirían la verdad, Simmias, salvo en eso de que lo saben bien. Porque no saben en qué sentido están medio muertos los verdaderos filósofos, ni en qué sentido merecen la muerte, ni qué clase de muerte.
64c »Hablemos entre nosotros —dijo—, y despidámonos de aquellos. ¿Creemos que la muerte es algo?».
«Desde luego», respondió Simmias.
«¿Acaso es otra cosa que la separación del alma respecto del cuerpo? ¿Y estar muerto no es esto: que el cuerpo, separado del alma, ha quedado aparte, solo consigo mismo, y que el alma, separada del cuerpo, está aparte, sola consigo misma? ¿Acaso la muerte es otra cosa que esto?».
«No, es eso», dijo.
«Examina, pues, querido amigo, si también tú estás de acuerdo conmigo en lo que sigue, 64d pues por ahí creo que sabremos mejor lo que estamos examinando. ¿Te parece propio de un filósofo afanarse por los llamados placeres de este tipo, como los de la comida y la bebida?».
«En absoluto, Sócrates», dijo Simmias.
«¿Y los del sexo?».
«De ningún modo».
«¿Y los demás cuidados del cuerpo? ¿Te parece que un hombre así los tiene en estima? Por ejemplo, la posesión de vestidos y calzados distinguidos, y los demás adornos del cuerpo, ¿te parece que los estima o que los desprecia, 64e en la medida en que no hay una gran necesidad de participar de ellos?».
«A mí me parece que los desprecia —dijo—, el que es verdaderamente filósofo».
«¿No te parece, entonces —dijo—, que en general la ocupación de un hombre así no se refiere al cuerpo, sino que, en cuanto puede, se aparta de él y se vuelve hacia el alma?».
«A mí sí».
«¿No está claro, entonces, en primer lugar, que en tales cosas el 65a filósofo, más que los demás hombres, libera el alma lo más posible de su comunidad con el cuerpo?».
«Es evidente».
«Y la mayoría de los hombres cree, Simmias, que quien no encuentra placer en tales cosas ni participa de ellas no merece vivir, y que está próximo a estar muerto quien no se preocupa nada de los placeres que vienen a través del cuerpo».
«Dices toda la verdad».
«¿Y qué hay de la adquisición misma de la sabiduría? ¿Es el cuerpo un obstáculo o no, si uno lo toma 65b como compañero en la búsqueda? Quiero decir algo así: ¿ofrecen a los hombres alguna verdad la vista y el oído, o es como nos repiten siempre los poetas, que no oímos ni vemos nada con exactitud? Y, sin embargo, si estos sentidos corporales no son exactos ni claros, difícilmente lo serán los demás, pues todos son inferiores a estos. ¿O no te lo parece?».
«Desde luego», dijo.
«¿Cuándo, entonces —dijo él—, alcanza el alma la verdad? Porque, cuando intenta examinar algo con el cuerpo, está claro que entonces es engañada por él».
65c «Dices verdad».
«¿Y no es en el razonar, si en algún sitio, donde se le hace evidente algo de la realidad?».
«Sí».
«Y razona mejor, sin duda, cuando no la perturba ninguna de estas cosas, ni el oído, ni la vista, ni el dolor, ni placer alguno, sino que llega a estar lo más posible sola consigo misma, despidiéndose del cuerpo, y, sin comunicarse ni tener contacto con él en cuanto puede, aspira a la realidad».
«Así es».
«¿Y no es también aquí donde el alma del filósofo más 65d desprecia el cuerpo y huye de él, y busca quedarse sola consigo misma?».
«Es evidente».
- Simmias se refiere a los tebanos, cuya afición a los placeres de la mesa era proverbial. ↩